Domingo
09 de abril de 2000

SAQUEO
EN ALTA MAR

La merluza
sale con dólares
La
depredación del Mar Argentino tiene causas concretas: un festival de permisos
de pesca, completado por prácticas abusivas mar adentro y severas fallas en
los mecanismos de control. Los tres factores se dieron en el auge del poder
menemista.
VICENTE
MULEIRO. De la Redacción de Clarín

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| A
LA PESCA. La riqueza del mar, antes ignorada, se
transformó en fuente de divisas y de prácticas bajo
sospecha. |
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Esta es una película sin buenos. Su inicio podría
ubicarse hacia 1992 en oficinas de Bruselas, ciudad sede de la Unión Europea,
y en otras de Buenos Aires, sede del gobierno argentino. Los escenarios se
multiplicarán después por la plataforma marítima. Su punto dramático más
alto es el saqueo del Mar Argentino con su principal recurso, la merluza,
en agonía por la sistemática violación de los cupos de captura y las prácticas
depredatorias en alta mar. Sus actores: empresarios pesqueros de uno y
otro lado del Atlántico y funcionarios menemistas del área que ampliaron las
compuertas de un añejo descontrol. Su tiempo, por excelencia, el período que
va de 1994 a 1999.uenos no hay. Lo que sí hay es un agujero en los cardúmenes
generado por un festival de permisos de pesca que movieron cifras
millonarias y cuya legalidad se investiga. El circuito de las
habilitaciones para pesca implica a jueces, generalmente de Mar del Plata,
empresarios y funcionarios de primer nivel, como los secretarios de
Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentación (SAGPyA) de la era menemista
(Felipe Solá -durante siete años-, Marcelo Regúnaga, Gumersindo Alonso y
Ricardo Novo), sus subordinados en el área de Pesca y los funcionarios de
menor nivel. La depredación se facilitaba porque además de la inflación de
permisos, es decir, de la cantidad de barcos que pescaban, los controles
sobre los cupos y las especies que podía pescar cada barco eran de una
histórica y sospechosa ineficiencia. Seis denuncias, tres cursadas por
las nuevas autoridades de Agricultura, cuyo secretario es Antonio Berhongaray,
al procurador general de la Nación, Nicolás Becerra; otras dos radicadas
ante la Justicia marplatense por empresarios que se consideran perjudicados y
una de la ONG Cedepesca, también presentada a la Procuración, describen las
irregularidades. De ellas se deducen los desmadres de mar adentro y las
fabulosas ganancias de tiburones de tierra firme en perjuicio de un recurso
renovable que ya no lo será tanto y de un hábitat ecológico ahora
desquiciado.
El mar es un espacio de libertad. El pescador, artesanal o tecnificado, tiene
cultura de caza: sale a arrear con todo lo que encuentra y sirva para su
negocio. Y aquí, mientras se cantaban las odas a los ganados y las mieses, al
mar se lo miraba en las vacaciones. Aún hasta hace dos décadas el volumen de
riqueza pesquera excedía la capacidad de explotarla, ninguna especie estaba
en peligro ni era declarada no excedentaria (es decir que no tiene
excedentes y ya no se la puede pescar sin límites). Por entonces era como si
el mar dijera "pasen y sírvanse", un llamado celebrado por las
empresas locales y extranjeras. Pero ya en 1988 y en 1991 hubo advertencias de
la autoridad científica, el Instituto Nacional de Desarrollo Pesquero (INIDEP),
de que la merluza comenzaba a menguar. No sólo nadie escuchó sino que, a
partir de 1994, con el acuerdo firmado con la Unión Europea (UE), la
pesca pega un salto brutal. Y mortal.
La débil protección que tenía la pesca ya había sido lastimada por el
decreto 2265 del presidente Carlos Menem que autorizó la transferencia de
permisos de pesca, un mecanismo similar al del taxista que le vende a otro su
licencia de trabajo. Pero el acuerdo con la UE lo agravó todo. Ese convenio
se firmó el 6 de mayo de 1994, con una vigencia de cinco años renovable por
dos más. Ante el desastre pesquero fue denunciado y dejó de regir el año
pasado.
Según el acuerdo, los pesqueros de la UE quedaban habilitados a asociarse con
similares argentinos. Debían cumplir estas condiciones: podían reemplazar
buques argentinos por europeos tecnológicamente más modernos, pero con
igual capacidad de captura; seguían prohibidos, como lo estaban desde
1991, el otorgamiento de nuevos permisos merluceros, pero se podían
transferir los que estaban vigentes. En la cesión de permisos no podían
intervenir los buques inactivos ni los que hubiesen pertenecido a empresas en
quiebra. Y el empresario pesquero argentino que cedía su permiso no podía
salir a pescar.
La UE estaba expresamente interesada en sacarse de encima buena parte de su
flota, también con sus recursos comprometidos y las ONG mirando de cerca. Por
eso colocó en la operación unos 130 millones de dólares en subsidios, 32 de
los cuales fueron al Estado (resentida, la UE quedó debiendo ocho millones
cuando se denunció el acuerdo). Los otros cien circularon en las operaciones
para asociarse con los argentinos. Y allí comenzó el verdadero festival
de permisos que profundizó la sobrepesca. A pesar de los límites que ponía
el convenio, los barcos activos cedían sus permisos, pero conseguían
otros a través de remates de empresas en quiebra, bajo amparo de jueces
civiles y comerciales de Mar del Plata. Los armadores mixtos (sociedades
temporarias entre empresarios argentinos y europeos) cubrían la capacidad
ociosa de sus bodegas con la obtención de permisos de barcos de firmas en
quiebra o por duplicación ilegal de permisos. También se vendieron
permisos caducos, según denuncias de Cedepesca.
Con todos estos mecanismos se conformó una suerte mercado flotante de
permisos que tenía esta trayectoria: un empresario requería, por
ejemplo, la habilitación de un permiso de una empresa quebrada o de un barco
inactivo; el juez dictaba una medida de no innovar, de modo que el permiso
volvía a ser válido. El pedido se trasladaba a Agricultura, que estaba
obligada a firmar la transferencia, dicen que para no desobedecer la orden
judicial.
Algunos armadores que no ingresaron en el negocio con los europeos y la ONG
Cedepesca acusan a Agricultura de no apelar en tiempo y forma. Felipe
Solá, que capitaneó la secretaría en la mayor parte de la era menemista, se
defiende: "No teníamos un departamento legal propio. Teníamos que
enviarlas al del Ministerio de Economía. Cuando llegaban, el plazo estaba
vencido. Estas demoras en las apelaciones son un hecho común en la
administración pública". Tanto las autoridades menemistas como las
actuales del área dicen que el festival de permisos parte de una ingeniería
judicial diseñada por los abogados de las empresas pesqueras. En las
denuncias que ya se concretaron lo que se busca saber es sí ese mercado de
transferencias de licencias es una argucia legal pensada como un crimen
perfecto contra el que no se va a poder accionar o, si se puede, comprobar
la ilegalidad. Domingo Contessi, apoderado de las pesqueras Leal y Veraz,
denunció en una carta a la opinión pública que los obstáculos para obtener
permisos "no eran gratuitos. Tenían un precio, pero como nuestras
empresas por una cuestión de principios nunca estuvieron de acuerdo con
pagarle a nadie que no otorgara recibo, se nos cerraron sistemáticamente las
puertas". En las órdenes judiciales los precios de las
transferencias podían ser irrisorios, pero según Cedepesca, se pagaba otro
bajo cuerda. Versiones que nadie quiere confirmar hablan de un canon que iba
de 150 mil a 600 mil dólares según el valor de la pesca a transferir.
Además, entre las violaciones al acuerdo se verificaron estas prácticas: los
barcos no fueron reemplazados por otros de igual capacidad de captura,
sino por unidades considerablemente mayores, por ejemplo la captura de 25
buques reemplazados era de 63 mil toneladas en 1993 mientras que las
reconocidas a los barcos europeos entrantes fue de 121,5 toneladas. Además,
muchos de los buques que cedían su licencia igual salían a pescar.
¿Qué pasaba mientras estaba en danza esta cadena? ¿Quién protestaba? Pues
no pasaba nada o casi nada y protestaban muy pocos, apenas los dueños de
buques que no conseguían ni entrar en el negocio ni salir a pescar por falta
de permisos. Y no pasaba casi nada porque todo parecía estar bien: los
pescadores argentinos se asociaban con europeos que les pagaban, los europeos
pescaban por aquí lo que no les dejaban pescar por allá, la exportación
crecía y hasta esos barcos anaranjados, de rada, el sector proletario de la
industria, no tenía impedimentos para hacer lo suyo. Sólo el INIDEP
anunciaba año a año que la conducta voraz con la merluza merecía atención.
La luz de alarma se encendió de pronto y como para siempre: no había más
merluza y todo lo que había sido eficacia, crecimiento y divisas se convirtió
en su contrario porque empezó a escasear el pescado más popular, el que más
le interesa a España, el que se consume en el débil mercado interno, el que
más importa y se exporta. Cuando las ONG, los pesqueros perjudicados, los
trabajadores que viven de la pesca y su escasamente desarrollada industria
protestaron, ya era tarde para todo. Hoy el INIDEP calcula que aun
cerrando la pesca de merluza todo el año no se garantiza un normal desarrollo
de la especie en los dos años siguientes.
Pero los empresarios extranjeros no serán víctimas, para ellos el gran
negocio ya está hecho en los peores términos para el recurso. Porque hubo
mucho más que sobreabundancia de transferencias de permisos de pesca.
Hubo, mar adentro, una práctica depredatoria concretada por una nueva
generación de barcos con una brutal capacidad de pesca que salteaban los
cupos que se les adjudicaban. En el año 1998 la captura máxima permitida
fue de 289.500 toneladas, pero se pescaron 458.556 toneladas, un 58 por
ciento más según las cifras oficiales. La ganancia de pescadores en el mar
revuelto de la Justicia y el descontrol estatal no se detenía en nada. Además
de la escasa fama de los pescadores en general, los que venían de Europa,
sobre todo los españoles, no exhibían virtudes.
La mala praxis incluyó una técnica indebida de descartes. El descarte
consiste en desechar al mar aquello que no sirve para el comercio, como
los ejemplares de merluza jóvenes cuya captura y comercializa ción están
expresamente prohibidas. Otra costumbre depredadora fue la de cargar la bodega
con merluza y desocuparla porque se encuentra langostino. El langostino tiene
un valor cinco veces superior al de la merluza. El descarte de los pescados no
sólo compromete a la especie descartada, también hace desastres en la cadena
ecológica.
Pero el mar no hubiera sido tan desaforadamente pródigo de haber estado bajo
la debida vigilancia. Héctor Salamanco, que fue director de Pesca con Solá,
asume que en la Argentina "los controles son terriblemente débiles".
Desde Agricultura se intentó perfeccionarlos con la creación de una
inspectoría de alta mar integrada por ex prefectos, ex marinos y, sobre todo,
personal del Sindicato Obreros Marítimos Unidos (SOMU). Pero, dijo Solá
:"Tuvimos muchos problemas. Los sedaban, les pasaban películas pornográficas,
muchos denunciaron amenazas. Otras veces los pescadores los denunciaban por
borrachos para sacárselos de encima". Como suele suceder, no consta que
los hayan coimeado en la inmensidad del mar y conviviendo entre 20 y 60 días
con la tripulación, "pero hubo muchos que nunca vieron una sola
irregularidad -agrega Solá-, dieciocho fueron descartados".
La inspectoría que creó Solá fue desarmada con el ingreso de Gumersindo
Alonso a Agricultura, un hombre ligado al gobernador peronista de Córdoba,
José Manuel de la Sota. Alonso puso en Pesca a Eduardo Auguste, un ex
presidente de CAPECA, la Cámara que agrupa a los empresarios con barcos
congeladores de altura. Ernesto Godelman, de Cedepesca, lo acusa a Auguste de
valerse de su cargo para recaudar en favor de la campaña electoral del
gobernador cordobés: "De la Sota se agarró del charteo", dice.
El charteo es el sistema con el que se captura el calamar, consiste en un
"prestanombre" de una pesquera local para que barcos extranjeros
(generalmente del sudeste asiático) los capturen y se los lleven sin más. El
método abre la posibilidad de manejos oscuros, ¿por qué se elige una
empresa y no otra? El nuevo gobierno impuso el sistema de licitaciones.
Guillermo Jacob, conocido como "el rey del calamar", define que
"la licitación es más transparente".
El senador y ex ministro del Interior Carlos Corach fue, hasta ejercer la
función pública, abogado de CAPECA. Dos responsables de Pesca durante la
gestión de Solá, Edgardo Murguía (en 1991) y Eduardo Pucci, son de su
conocimiento. Más aún Murguía pasó luego a ser coordinador de Interior
cuando él fue ministro y a Pucci, hijo de un marino, lo conocía porque también
era abogado de CAPECA ya desde la última dictadura. Pero Corach aclara:
"Yo no tengo nada que ver con la pesca desde el 89. Si a partir de esa época
me hubiera llegado algún proyecto relacionado con la pesca, lo habría girado
al área correspondiente. En mi estudio se siguieron atendiendo los casos
hasta que se terminaron. Pero nunca se trabajó ni con permisos ni con políticas
pesqueras, sólo asuntos jurídicos".
Solá, tras quejarse de que "acá el único que hace un acto de contrición
soy yo", dice: "La pesca, hasta 1997 fue manejada con el criterio
del crecimiento. Toda la economía apuntaba a la competitividad y el eje eran
los propios empresarios. Había que ayudarlos a exportar, a renovar la flota.
Pero en el 95-96 me encuentro con el problema de la sobrepesca y, entre varios
errores, cometí el mayor: no denunciar la situación porque no tenía ley de
pesca y no podía parar ningún barco ni a toda la pesca porque generaba un
caos social. No tuve la visión de que ése era el momento de cambiarlo
todo".
Dos de las tres denuncias presentadas por Agricultura mencionan a funcionarios
de la última etapa menemista, el ya mencionado Auguste (de quien Solá dijo
"es como meter al zorro en el gallinero") y su reemplazante, Jorge
Casal. Piden que los investiguen por resoluciones que contribuyeron a empeorar
la situación.
Carlos Garrido, director de Investigaciones de la Oficina de Anticorrupción,
dice que Solá y los funcionarios de Pesca deben ser investigados porque hay
que saber dos cosas: "Si quienes disponían el permiso lo hacían legítimamente
y si Argentina violó la Convención Internacional de Derecho del Mar -a la
que adhiere- y que dispone que los permisos de pesca deben otorgarse a los países
en desarrollo". Anticorrupción basa sus pesquisas en las denuncias
concretadas en Mar del Plata ante el juez federal Rubén Vázquez.
Dejar la pesca
Según los empresarios, el gobierno de la Alianza se acercó al tema con un
notable desconocimiento previo. Como interventor en el área de Pesca,
Berhongaray nombró al ex intendente de Bahía Blanca Juan Carlos Cabirón,
quien en verdad aspiraba a asumir en Migraciones. El nuevo gobierno se encontró
con un pelotón de funcionarios que participaron en el concurrido baile de
expedientes bajo sospecha. De algunos de ellos ya se desprendieron pero Cabirón
les confesó a sus íntimos que quiere dejar Pesca cuanto antes.
El jefe de gabinete de Agricultura, Ferrari Echeverry, declarará mañana ante
el fiscal Carlos Stornelli por las denuncias elevadas a la Procuración. Pero
la última determinación de la Secretaría , el jueves 6, fue la de una veda
total a la pesca de la merluza por quince días y un tope de apenas 35
mil toneladas de captura todo el año. Si se tiene en cuenta que se
llegaron a pescar casi 600 mil toneladas en 1996, se podrá tener una
dimensión exacta del problema. En Mar del Plata y en otras ciudades de la
costa, como Puerto Madryn y Comodoro Rivadavia, hablar de veda es hablar de
la peste y la crisis social asoma enseguida. Alfredo Pott, dueño de una
empresa familiar, Santa Elena, que fabrica productos congelados como kani kama
para la exportación propone: "Seguir el ejemplo de Nueva Zelanda, que
tiene las mismas especies que la Argentina. Ellos cuotificaron la pesca -le
dan una porción del total a pescar a cada empresario que cumple ciertas
pautas-. Pero para que los argentinos aprovechen el recurso y exporten con
valor agregado hay que reconvertir la industria local en lugar de rifarles el
pescado a los extranjeros".
Investigación de Eduardo De Miguel, Pilar Ferreyra y Guillermo Villarreal
(Agencia Mar del Plata)
- CLARIN
Suplemento Zona
Domingo
09 de abril de 2000
El bombardeo a la riqueza
marina
HECTOR
PAVON

La merluza, en tanto recurso natural, sufrió en
los últimos años una pesca indiscriminada que devino en depredación sin que
se haya pensado en su recuperación para el futuro en la Argentina.
La pesca nacional tiene su principal recurso en la merluza, que representa
alrededor del 50 por ciento del volumen de capturas y exportaciones anuales
sobre 300 millones de pesos, emplea a unas 25 mil personas de manera
directa y se estima en 100 mil los empleados de forma indirecta.
"El colapso originado por la depredación de la merluza no implica
necesariamente que desaparezca totalmente, sino que disminuya tanto que su
pesca se torne inviable, poco redituable económicamente. El impacto en el
ecosistema marino está relacionado con la dinámica de interacción con otras
especies y con la incertidumbre que se crea ante su recuperación que no se
sabe cuántos años llevará", explica Juan Carlos Villalonga coordinador
de Pesca de Greenpeace, Argentina. "Pero el impacto más directo y claro
-agrega el ecologista- es que las flotas pesqueras, al disminuir el volumen de
merluza, se vuelcan a otras especies de escasa población, como la corvina en
la costa de Buenos Aires, y las depredan." En 1997 la Subsecretaría de
Pesca estableció la veda permanente en una zona de 110 mil kilómetros
cuadrados, donde se observó que el tamaño de las especies había disminuido.
Esa zona vedada está dentro de las 200 millas de pesca exclusiva de la
Argentina, entre Punta Lobos y el cabo Tres Puntas, en la Patagonia. Sin
embargo, Greenpeace denunció entonces que las empresas pescaban igual.
Un reciente informe del Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo
Pesquero (INIDEP) explicita la crítica situación de la merluza: "Todos
los indicadores muestran una situación crítica del recurso: la biomasa total
tiene una tendencia decreciente con el tiempo; la biomasa reproductiva se
halla con valores por debajo de lo biológicamente aceptable y también con
tendencia decreciente; la captura es sostenida por pocas clases de edad y
existe una tendencia a la desaparición de las clases de edad más
grande".